Subí al tercer
piso con un ligero equipaje, consciente de que al cumplir 30 no pasaría desapercibida. Para bien o para mal el numerito este nos
confronta sobre lo conseguido y lo pendiente por alcanzar, todo gracias a la
presión social que se ejerce sobre cada mortal en esta tierra.
Casarse,
trabajar, tener hijos o abandonar el hogar paterno son la idea central de
cualquier conversación en la que una se vea involucrada.
Las expectativas
de lo que debía alcanzar versus lo que verdaderamente logré al llegar al tercer
piso es el origen de los más épicos conflictos a los que hoy me enfrento.
En los últimos
seis meses de mis treinta años han surgido ciento y un interrogantes, he
sentido miedo, angustia, temor, me he “torturado” a mí misma, pero la montaña
rusa de emociones la he vivido a plenitud y consciente.
A dos días de
hacer cumplido treinta y un años veo en el espejo el reflejo de una mujer que está
defendiendo sus ideales; no lo que la sociedad demanda de mí, y aunque es un desorden puedo decir que es esta
la mejor etapa de mi vida, porque en los últimos seis meses aprendí que lo común
no necesariamente es normal, que ser buena no es sinónimo de ser idiota, es tan
solo una virtud, porque parafraseando a Charles Chaplin, decidí que mi cuerpo
desnudo le pertenecerá solo a aquel que se enamore de mi alma desnuda, porque
el tamaño de mis pechos no definen mi valor, aprendí que suponer no es una
opción, que ser autentica es un deber conmigo misma, que hacer y dar siempre lo
mejor es tan solo un compromiso con mi mente y mi corazón, que sí alguien me
lastima es porque yo así lo decidí, soy dueña de mis emociones.
Es decir en este
momento de mi vida en el que llevo mi cabello largo, en el que las gafas me siguen
caracterizando gracias a la miopía, al astigmatismo y a un coágulo en la vena
central de mi ojo derecho, en el que sigo midiendo lo mismo de hace diez años, en
el que soy más consciente que nunca de mi diagnóstico médico, en el que sigo
siendo asustadiza y le sigo teniendo miedo a los temblores… me he reconocido desnuda en cuerpo y alma, reconociendo a la mujer que soy,
una mujer activa, ingeniosa, ocurrente, imaginativa, creativa, con dones y
talentos desbordantes, desafiante y ambiciosa, con un carácter hermético, testaruda,
una mujer que piensa, repiensa y medita, rigurosa aun siendo un tanto
indisciplinada, con un sentido inminente de equidad; y aunque me siento
vulnerable me exijo ser fuerte, sobre todo en este proceso de cambios y
transformaciones, porque entendí que mi vida me pertenece y ser la extensión de
otros no es una opción, y es que está bien que no estén de acuerdo conmigo, la
discrepancia es enriquecedora. Porque en este bombardeo de comentarios que van
y vienen en mi contra, simplemente me pregunto ¿Qué puedo hacer mejor?
En fin, llegue a
mis treinta y un años con una cuenta bancaria que está en cero, una casa por
pagar, dos tarjetas de crédito, llegue siendo un número más en el infinito
índice del desempleo, llegue con el mismo equipaje con el que me prepare para
llegar a los treinta hace un año y aunque no han sido días fáciles recuerdo una
frase Nora Ephron “Sobre todo, sé la heroína de tu historia, no la víctima”.